-No, te lo ruego, quédate un poco; espero que se me pase este ataque de piedad: no suele retenerme más que hasta contar hasta veinte.
-¿Cómo te sientes ahora?
-Todavía me quedan algunos restos de conciencia.
-Recuerda nuestra recompensa cuando la cosa esté hecha.
-¡Por todos los demonios, que muera! Había olvidado la recompensa.
-¿Dónde está tu conciencia ahora?
-Oh, en la bolsa del duque de Gloucester.
-Cuando abra su bolsa para darnos nuestra recompensa, tu conciencia habrá volado.
-No importa; que se vaya: hay pocos o ninguno que se interesen en ella.
-¿Y qué si te vuelve?
-No trataré con ella, es una cosa peligrosa; hace a un hombre cobarde: un hombre no puede robar, que ella lo acusa; no puede blasfemar, que ella lo detiene; no puede yacer con la mujer del vecino, que ella lo delata. Es una espíritu ruborizado de vergüenza que se subleva en el pecho de un hombre: llena su vida de obstáculos. Una vez me hizo reintegrar una bolsa de oro que encontré por azar: reduce a la pobreza a cualquiera que la conserve; ha sido desterrada de pueblos y ciudades como una cosa peligrosa; y todo hombre que se proponga vivir bien se esmera en confiar en sí mismo y en vivir sin ella.
-Cielos, está ahora mismo tocándome el codo, tratando de persuadirme de que no mate al duque.
-Sujeta a esa criatura del demonio en tu mente, y no le creas; o te hablará hasta hacerte llorar.
-Soy fuerte, no puede vencerme.
-Ahora has hablado como un hombre erguido, que respeta su propia reputación. Vamos, ¿manos a la obra?
(William Shakespeare, Ricardo III).