domingo, 20 de mayo de 2012

Recuerdos inesperados y sueños ficticios

Algunas veces, en las actividades cotidianas, en un instante impreciso, en un momento cualquiera; una imagen, un olor, un sabor o un sonido te empujan hacia un punto específico y concreto del pasado. Te jala de una manera tan imprevista; no hay tiempo de reaccionar. Después, no puedes dejar de pensar en ello, no puedes dejar de sentirte como en aquel instante del pasado;tienes que reconstruirlo.

Yo comienzo recordando el lugar: su iluminación, su espacio; si estaba despejado, si había muchos árboles. En mi caso siempre los hay, algunos boscosos y longevos, otros desnudos e impúberes. También recuerdo si estaban solitarios o tenían otros árboles a su alrededor, o si estaban en un parque o en medio del concreto. En medio de una avenida con muchos autos a su alrededor también recuerdo varios.

Los sueños son de gran ayuda para recordarlo todo. Me gusta soñar con M, por ejemplo. Siento que nunca tuve el suficiente tiempo con ella, así que los sueños me ofrecen nuevos momentos para recordarla, no importa que no sean reales; no importa porque son solo para mí. Además, creo que tienen el mismo valor que los sueños auténticos, -es decir. los reales-, porque incluso éstos los confundo; es que eran tan maravillosos. Lo mismo me pasa con los recuerdos muy lejanos, no sé si eran sueños ficticios o atestiguados sucesos. Tal vez son las dos cosas a la vez. Quizá sea mejor que no piense mucho en ello ¡Pero es que es tan inevitable! a A, por ejemplo, nunca le dije todo lo que le quería decir. Y es inevitable pensar en ello porque creo que tenía el momento perfecto.         
     
Sí, recuerdo el bombillo amarillo de 60 vatios de su cocina, lo tuvo que encender porque ya era de noche, el cielo azul claro de la tarde había pasado rápido ese día. Quizás así lo sentí porque nos la pasamos haciendo los trabajos de final de período -especialmente el de matemáticas- hablando de S, de R, y de otras cosas más que ya no recuerdo. 
Después de terminar la tarea fuimos a comprar hojas y a casa de L. En ese momento ya había caído la noche, y ahora que recuerdo también el agua del cielo. Nos cogimos de la mano y de eso ya no sé el cómo ni el por qué. Era incómodo, pero no quería soltar su mano por nada del mundo. Creo que fue la única vez que le cogí su mano por tanto tiempo. Creí por un momento que eso de juntar las manos la una con la otra tenía algún significado. En realidad fue tan significativo para mí que no me acuerdo cuándo se la solté, ¿fue al llegar a su casa o antes? ¿Le agarré su mano muy fuerte o suave? ¿Sentía mi mano seca o muy húmeda?
La cocina tenía varios conjuntos de cajones color crema con vidrio cada uno. Abajo de ellos estaba el lavaplatos sostenido sobre un mesón en forma de ele. Yo estaba sentado sobre el, era una posición incómoda para la espalda pero no quería estar de pie. Quizá era miedo, al día de hoy no sé. Ella estaba friendo comida rápida mientras yo observaba. Seguramente estábamos hablando para evitar el silencio, o por lo menos eso yo intentaba. Era como si estuviéramos los dos solos, aunque en realidad no era así. A pesar de eso, nada podía incomodarnos a excepción de nosotros mismos. Todo surgía tan natural, era como si no hubiera oportunidad alguna de que se volviera a repetir, al menos durante un tiempo. De hecho, nunca se repitió.

El domingo al otro día -y digo esto desde la más pura especulación- se encontró con R. Ella estaba decidida a olvidar de una vez por todas a S, pero, que yo recuerde, nunca habló de manera especial de R, por lo que el lunes fue bastante sorpresivo para mí. Todo lo que quería decirle y no le dije, al parecer, lo hizo él el domingo.

Todavía no entiendo porque no fui capaz, ¿cobardía acaso? Lo dudo, cosas así ya había hecho antes, ¿quizá la importancia que le tenía era superior a mis deseos? Tal vez. De todas maneras, no obtuve lo que esperaba, y si hubiera sido de otro forma probablemente tampoco lo hubiera tenido.

El lunes, a mediados de las 12:30pm, el número desconcertó a más de uno, no sé si por la propia manera desvergonzada y repulsiva -soy un conservador- en que sucedieron los hechos, o porque nadie imaginaba semejante teatro. Algunos, supongo, habrán sentido las dos cosas, como yo. Pero eso no significaba dolor alguno para mí, la perplejidad era mucho mayor al miedo. Me impresionó, y todavía continúo divagando sobre eso, el hecho de que apenas el sábado no me imaginaba de ninguna manera ése escenario, el hecho de que si no hubiese sido por  mi cobardía, es posible que nada de eso hubiera sucedido.

Dedico tiempo a pensar qué habría pasado si me hubiese atrevido a hacer algo ese sábado. Es difícil no hacerlo, cosas así se repiten en espiral. Y se supone que algo debo aprender, se supone que algo hice mal. Aunque quizás, solo quizás, esta vez hice lo correcto, tal vez las cosas hubieran salido peor.

Por fortuna todavía me quedan los sueños. Y de pronto, en el futuro, cuando todos estos recuerdos se vean lejanos y cuando sueñe fantasías irrealizables, no pueda diferenciar entre el hecho y el sueño. Tal vez sean las dos cosas a la vez.