sábado, 5 de octubre de 2013

Una cosa bien fácil

Él la miraba con serenidad, hallando consuelo a su dolor y desengaño en una actitud de fría reprobación, inspirada en la moralidad de su Siglo natal.
-Continúa -dijo Harlan.
-Especialmente porque deseaba hacerlo.
-¿Deseabas amarme?
-Sí.
-¿Por qué a mí?
-Porque me gustabas. Porque pensé que eras curioso.
-¿Curioso?
-Bien, raro, si lo prefieres. Siempre procurabas no mirarme, pero acababas mirándome. Tratabas de odiarme, y sin embargo yo podía ver que me deseabas. Sentía un poco de compasión por ti, creo.
-¿Compasión? ¿Por qué?
-Porque te creabas tanto problema con tu deseo, cuando la cosa es tan sencilla. Si te gusta una chica, no tienes más que decírselo. Es fácil ser amable. ¿[Para] qué sufrir?
Harlan asintió. ¡Aquella era la moralidad del Siglo 482! Luego murmuró:
-¡Una cosa tan sencilla!
-Desde luego, es preciso que la chica tenga ganas, y que no tenga otro compromiso. ¿Por qué no? A mí me parece muy sencillo.
Ahora fue Harlan quien bajó los ojos. Desde luego, era una cosa bien fácil.
Isaac Asimov, El Fin de la Eternidad

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