Tuyo es el tiempo cuando tu cuerpo pasa
con el temblor del mundo,
el tiempo, no tu cuerpo.
Tu cuerpo estaba aquí, tendido al sol, soñando;
se despertó contigo una mañana
cuando quiso la tierra.
Tuyo es el tacto de las manos, no las manos;
la luz llenándote los ojos, no los ojos;
acaso un árbol, un pájaro que mires,
lo demás es ajeno.
Cuanto la tierra presta aquí se queda,
es de la tierra.
Sólo trajimos el tiempo de estar vivos
entre el relámpago y el viento;
el tiempo en que tu cuerpo gira con el mundo,
el hoy, el grito delante del milagro;
la llama que arde con la vela, no la vela,
la nada de donde todo se suspende
–eso es lo nuestro.
Montejo
¿Qué fue de este milenio ya tan ido
al que llegamos tarde?
Nacimos con el último crepúsculo,
cuando las sombras de diez siglos
se amontonaban en un inmenso delta
frente a un océano sin nadie…
Y del otro milenio que ya nace,
¿quién va a decirnos cuántas horas
podrán ser nuestras, amor mío?
… El tiempo en torno existe o inexiste,
nunca se sabe nada aquí en la tierra.
Quizá sean ilusorios los años y sus vueltas
y las horas ausentes
y todas las que fueron.
Solo es verdad tu risa.
más hermosa que los siglos que parten
o que llegan;
solo tu voz, tu ojos, tus palabras
y nuestro asombro de ser aquí la vida,
de celebrarla en cada lumbre de su fuego
hasta el mínimo instante.
Eugenio Montejo