Ayer, al retirarme, me alargó la mano y me dijo: "Adiós, querido Werther". ¡Querido Werther! ésta era la primera vez que ella me ha dado ese nombre de querido, que me penetró hasta la médula de los huesos. Cien veces me lo he repetido, y ayer noche al acostarme, en medio de la charla tumultosa que tengo conmigo mismo, me dije de repente: "Buenas noches, querido Werther". Y en seguida me eché a reír de mí mismo.
Goethe, Werther
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