martes, 4 de septiembre de 2012

Sobre los recuerdos y su brevedad

Sí, estoy persuadido, amigo mío, y siempre cada vez más, que es poca cosa, muy poca cosa, la existencia de una criatura. 
Una amiga de Carlota vino a verla; yo pasé a un cuarto inmediato para tomar un libro, pero me fue imposible leer. Había allí una pluma y traté de escribir. Las oía hablar despacio, se contaban cosas insignificantes, los rumores y noticias que corrían por la ciudad: "Fulana se casa, decía la amiga; Citana está enferma, muy enferma; tiene una tos seca y se le pueden contar los huesos, y además, a cada momento le dan vahídos: yo no daría dos cuartos por su vida". "M.N. está también muy enfermo", dijo Carlota. "Sí, está hinchado", respondió la amiga. Y mi rápida imaginación me transportó a la cabecera de estos desgraciados moribundos; observé con qué espanto veían acercarse el término fatal, y percíbí, amigo mío, la indiferencia con que las dos amigas hablaban de estos sucesos dolorosos, como si se tratara de la muerte de cualquier extraño. Y cuando yo hecho una mirada a mi alrededor, examino el cuarto y veo cerca de mí los vestidos de Carlota, los papeles de Alberto, todos estos muebles que se han hecho tan familiares para mí, este mismo tintero, me digo a mí mismo: "mira lo que tú eres en esta casa; ¡todo, todo! tus amigos te honran, tú les causas muchas veces alegría, y le parece a tu corazón que no podría latir sin ellos; y sin embargo, si tú te alejaras, si salieses de este círculo, ¿lo sentirían vació ellos? ¿Cuánto tiempo tardaría en llenarse el vacío originado por tu pérdida? ¿Cuánto tiempo?". 
¡Ah! el hombre es un ser tan frágil, tan pasajero, que allí mismo, en donde tiene verdaderamente el sentimiento de su existencia, y la convicción de ella; allí mismo en donde su presencia causa una impresión verdadera, esto es, en el alma y en el recuerdo de aquellos que le aman, allí mismo es en donde tiene también que borrarse ese recuerdo, que desvanecerse. ¡Y esto tan pronto!
 Goethe, Werther

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