lunes, 27 de agosto de 2012

Mutabilidad

Ya lo decía César Isella: "Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida y entonces comprende cómo están de ausentes las cosas queridas". Siempre que no entiendo el sentido de las cosas, siempre que busco una explicación razonable a la azarosidad de la vida, no puedo dejar de pensar en este poema:
Somos como las nubes que enmascaran la luna,
que huyen sin descanso, relampaguean, tiemblan,
rasgando con destellos lo oscuro, mas, de pronto,
la noche las rodea y se pierden para siempre;
o arrinconadas liras de cuerdas disonantes
que a cada son diverso responden diferente,
y en cuya hechura frágil ninguna melodía
resuena semejante al volver a tocarla.
Dormidos, pesadillas turban nuestro reposo;
despiertos, vagos sueños contaminan el día;
ya con risa o con llanto, fantasía o razón,
ya abracemos las penas o ya las desechemos
¡da lo mismo! Pues, sea alegre o sea triste,
la senda de su marcha final está ya abierta:
tal vez no sea el pasado del hombre su mañana;
tal vez sólo perdure la Mutabilidad.
Percy Shelley,  Mutabilidad

domingo, 19 de agosto de 2012

La muerte, fuente de ilusiones (y III)

Lo que creemos que sucederá después de la muerte dicta gran parte de lo que creemos de la vida, y por eso las religiones basadas en la fe son una gran ayuda para quienes caen bajo su influencia, pues presumen de llenar los espacios en blanco de nuestros conocimientos sobre el más allá. Plantean una simple idea –no morirás– que, una vez asumida, determinan una respuesta a la vida que sería impensable de otro modo. 
Imagina cómo te sentirías si tu único hijo muriera de repente de neumonía. Tu reacción a esa tragedia estaría determinada por lo que crees que le sucede a los seres humanos al morir. No hay duda de que resulta consolidar creer en algo como: «Era un ángel de Dios y Dios se lo llevó tan pronto porque lo quería tener cerca de Jesús. Nos estará esperando cuando nosotros vayamos al Cielo». Si tu credo es el de la Ciencia Cristiana,  secta que rechaza toda intervención médica, puede que hasta hayas colaborado con Dios negándote a que administren antibióticos a tu hijo. 
O piensa cómo te sentirías al saber que se ha desatado una guerra nuclear entre Israel y sus vecinos por la posesión del Monte del Templo. Si fueras un cristiano milenarista, no hay duda de que lo considerarías la señal de la inminente llegada de Cristo a la Tierra. Por tanto, eso sería una buena noticia, fuera cual fuera el número de muertes. No se puede negar que la concepción que se tiene de la vida más allá de la muerte tiene consecuencias directas en la forma de ver el mundo. 
Sí, la moderación religiosa consiste en no estar demasiado seguro de lo que sucede al morir. Es una actitud razonable, dada la escasez de evidencias al respecto. Pero la moderación religiosa sigue fracasando a la hora de criticar la certeza irracional (y peligrosa) de los demás. Por culpa de nuestro silencio a la hora de tratar el tema, Estados Unidos [y muchos países del mundo] es un país donde una persona no puede acceder a la presidencia si duda abiertamente de la existencia del cielo y el infierno. Es algo en verdad notable, puesto que es la única clase de «conocimiento» que exigimos a nuestros líderes políticos. Hasta un peluquero debe aprobar un examen si quiere ejercer su oficio en los Estados Unidos, pero a los que se les concede poder para declarar guerras y dirigir la política nacional, cuyas decisiones afectarán a la vida humana durante generaciones, no se les exige nada especial antes de ponerse a trabajar. No tiene que ser genios políticos, o económicos, ni abogados; no necesitan haber estudiado relaciones internacionales, historia militar, recursos humanos, ingeniería civil o cualquier otro campo del conocimiento humano que pudiera necesitarse en el gobierno de una superpotencia moderna; sólo necesitan ser expertos recaudadores de fondos, saber comportarse en la televisión, y ser indulgentes con ciertos mitos. Con certeza absoluta, cualquier actor que lea la Biblia derrotaría en las próximas elecciones a un ingeniero aeronáutico que no la lea. ¿Puede haber un indicio más evidente de que estamos permitiendo que lo irracional y la fe en la existencia de otro mundo gobierno nuestros asuntos? 
La influencia de la religión basada en la fe sería impensable sin la muerte. Es evidente que la idea de la muerte nos resulta intolerable y la fe no es sino la sombra de nuestra esperanza en una vida mejor más allá de la tumba.
(Sam Harris, El fin de la fe)

sábado, 11 de agosto de 2012

La muerte, fuente de ilusiones (II)

Imaginemos una visita al médico para un chequeo rutinario, y que él nos da una noticia terrible: has contraído un virus que mata al cien por cien de los afectados. Un virus que muta tan a menudo que resulta completamente impredecible, que puede permanecer latente durante años, incluso décadas, o matarte en una hora. Es un virus que puede provocar un infarto, mil formas de cáncer, demencia, e incluso el suicidio; de hecho, su estadio terminal parece carente de limitaciones. Y no hay estrategia preventiva que te salve de él; ni dietas, ni regímenes varios, ni guardar cama. Ni siquiera dedicando la vida a mantener en jaque el progreso de ese virus se evita la muerte, porque no hay cura conocida, y tu cuerpo ya ha empezado a degradarse. 
Seguramente, la mayoría de la gente la consideraría una noticia terrible, pero ¿de verdad es una noticia? ¿Acaso no encaja en esa prognosis la inevitabilidad de la muerte? ¿Acaso no tiene la vida todas las características de ese hipotético virus? 
Uno puede morirse en cualquier momento. Quizá ni vivamos para leer el final de este párrafo. Y no hay duda de que moriremos en algún momento del futuro. Si lo de prepararse para morir implica el saber cuándo y dónde tendrá lugar tu muerte, todo indica que uno nunca estará preparado para morir. No sólo se está destinado a morir y dejar este mundo sino que se está abocado a abandonarlo de forma tan precipitada que todo tu presente –relaciones, tus planes del futuro, tus aficiones, tus posesiones– acabarán revelándose ilusorios. Si bien todas esas cosas proyectadas a lo largo de un futuro indefinido parecen adquisiciones importantes, la muerte prueba que no lo son. Cuando una mano invisible te corte la vida, al final te quedarás sin posesiones. 
Y por si no bastara con esto, la mayoría sufrimos la silenciosa incomodidad cuando no franca infelicidad, de nuestras neurosis. Queremos a nuestra familia y amigos, nos aterra perderlos, y aún así no somos libres ni para limitarnos a quererlos mientras coincidan nuestras  breves vidas. Después de todo, ya tenemos bastante con preocuparnos de nosotros mismos. Como no se han cansado de decir Freud y sus descendientes, nos vemos lastrados y castigados por necesidades contrapuestas: la de fusionarnos con el mundo y la de desaparecer, o retirarnos a la ciudadela de nuestro aparente aislamiento. Cualquiera de esos dos impulsos llevados al extremo nos condenaría a la infelicidad. Nos aterra nuestra insignificancia y gran parte de los que hacemos con nuestra vida es un intento evidente de mantener a raya ese miedo. Aunque intentamos no pensar en ello, casi lo único de lo que se está seguro en la vida es de que moriremos algún día, y dejaremos atrás todo lo que queremos, pero, paradójicamente, nos resulta casi imposible pensar que acabará pasando. Nuestra percepción de la realidad no parece incluir a nuestra muerte. Dudamos de lo único no sujeto a la duda.
(Sam Harris, El fin de la fe) 

miércoles, 8 de agosto de 2012

Sócrates sobre la muerte

Una de dos; o la muerte es la extinción absoluta del ser..., de la sensación, o, como dicen, es una mudanza y un tránsito de aquí a otro mundo. De ser una extinción y de asemejarse a un sueño sin ensueños, entonces la muerte es para nosotros una gran ventaja. Porque a la verdad, si alguien eligiese una noche en la que haya dormido de tal modo que no haya tenido ni un ensueño y después de haber comparado todos los demás días y noches de su vida con esa noche, hubiese de decir, bien meditado todo y en conciencia, cuántos días y noches los pasé mejor y más agradablemente que aquella noche, estoy seguro de que, no ya un hombre de pueblo, pero ni el mismo Gran Rey, hallarían sino muy contados. Luego si la muerte es algo así, digo que salimos ganando, porque de ese modo toda la eternidad no es más que una sola noche. Pero si la muerte es un tránsito a otro mundo y es verdad lo que se dice de que en ese mundo están todos los que murieron ¿qué otro bien mayor cabe imaginar? Porque si al llegar al infierno, libre uno ya para siempre de estos que se llaman jueces, se encuentra en la nueva mansión con los jueces verdaderos que, según se dice, juzgan allí a las almas: Minos, Radamanto, Eaco, Triptolemo y todos esos otros semidioses que en vida fueron justos, decidme: ¿será de desdeñar el viaje? ¿Cuánto no se daría por platicar con Orfeo, Museo, Hesiodo y Homero? Ah, yo quiero morir mil veces si eso es verdad. ¡Qué placer más intenso para mí encontrarme con Palamedes, con Ayax el de Telamón, y con todos aquellos que en tiempos pasados murieron víctimas de injustas sentencias! No sería poco grato para mí, de fijo, comparar mis aventuras con las suyas.
(Platón, Apología de Sócrates)

sábado, 4 de agosto de 2012

La muerte, fuente de ilusiones (I)

Vivimos en un mundo donde todas las cosas, buenas o malas, acaban destruidas por el cambio. Es como si el mundo nos sustentara para luego poder devorarnos a su antojo. Padres que pierden a sus hijos, hijos a sus padres. Marido y esposas que se ven separados en un instante para no volverse a ver. Amigos que se separan apresuradamente sin saber que será por última vez. La vida, vista a grandes rasgos, parece poco más que un gran espectáculo de pérdidas.  
Pero eso parece tener cura. Si llevamos una vida recta –que no forzosamente ética, sino dentro del marco de unas determinadas creencias antiguas y unas conductas estereotipadas–, obtendremos todo lo que deseamos después de morir. Cuando finalmente nos falle el cuerpo, nos desharemos de nuestra envoltura carnal y ascenderemos a una tierra donde nos reuniremos con todos aquellos quienes quisimos en vida. Por supuesto, la gente abiertamente racional y demás chusma queda excluida de ese lugar feliz, pudiendo disfrutar de él por toda la eternidad sólo quienes hayan mantenido credulidad en vida. 
Vivimos en un mundo de inimaginables sorpresas –desde la energía de fusión que enciende el sol a las consecuencias genéticas y evolutivas que tiene el que esa luz ilumine la tierra desde hace eones–, pero el paraíso satisfará todas nuestras preocupaciones superficiales con la fidelidad de un crucero por el Caribe. Es algo que resulta maravillosamente extraño. De no estar mejor informado, uno diría que el hombre, en su miedo a perder todo lo que le es querido, creó el cielo a su imagen, incluido el Dios guardián de la puerta.
(Sam Harris, El Fin de la Fe)