La muerte, fuente de ilusiones (II)
Imaginemos
una visita al médico para un chequeo rutinario, y que él nos da una noticia terrible: has contraído un virus que mata al
cien por cien de los afectados. Un virus que muta tan a menudo que resulta
completamente impredecible, que puede permanecer latente durante años, incluso
décadas, o matarte en una hora. Es un virus que puede provocar un infarto, mil
formas de cáncer, demencia, e incluso el suicidio; de hecho, su estadio
terminal parece carente de limitaciones. Y no hay estrategia preventiva que te
salve de él; ni dietas, ni regímenes varios, ni guardar cama. Ni siquiera
dedicando la vida a mantener en jaque el progreso de ese virus se evita la
muerte, porque no hay cura conocida, y tu cuerpo ya ha empezado a degradarse.
Seguramente,
la mayoría de la gente la consideraría una noticia terrible, pero ¿de verdad es
una noticia? ¿Acaso no encaja en esa prognosis la inevitabilidad de la muerte?
¿Acaso no tiene la vida todas las características de ese hipotético virus?
Uno puede
morirse en cualquier momento. Quizá ni vivamos para leer el final de este
párrafo. Y no hay duda de que moriremos en algún momento del futuro. Si lo de
prepararse para morir implica el saber cuándo y dónde tendrá lugar tu muerte,
todo indica que uno nunca estará preparado para morir. No sólo se está
destinado a morir y dejar este mundo sino que se está abocado a abandonarlo de
forma tan precipitada que todo tu presente –relaciones, tus planes del futuro,
tus aficiones, tus posesiones– acabarán revelándose ilusorios. Si bien todas
esas cosas proyectadas a lo largo de un futuro indefinido parecen adquisiciones
importantes, la muerte prueba que no lo son. Cuando una mano invisible te corte
la vida, al final te quedarás sin posesiones.
Y por si no
bastara con esto, la mayoría sufrimos la silenciosa incomodidad cuando no
franca infelicidad, de nuestras neurosis. Queremos a nuestra familia y amigos,
nos aterra perderlos, y aún así no somos libres ni para limitarnos a quererlos mientras coincidan nuestras breves vidas. Después de todo, ya tenemos
bastante con preocuparnos de nosotros
mismos. Como no se han cansado de decir Freud y sus descendientes, nos
vemos lastrados y castigados por necesidades contrapuestas: la de fusionarnos
con el mundo y la de desaparecer, o retirarnos a la ciudadela de nuestro
aparente aislamiento. Cualquiera de esos dos impulsos llevados al extremo nos
condenaría a la infelicidad. Nos aterra nuestra insignificancia y gran parte de
los que hacemos con nuestra vida es un intento evidente de mantener a raya ese
miedo. Aunque intentamos no pensar en ello, casi lo único de lo que se está
seguro en la vida es de que moriremos algún día, y dejaremos atrás todo lo que
queremos, pero, paradójicamente, nos resulta casi imposible pensar que acabará
pasando. Nuestra percepción de la realidad no parece incluir a nuestra muerte.
Dudamos de lo único no sujeto a la duda.
(Sam Harris, El fin de la fe)
No hay comentarios:
Publicar un comentario