domingo, 19 de agosto de 2012

La muerte, fuente de ilusiones (y III)

Lo que creemos que sucederá después de la muerte dicta gran parte de lo que creemos de la vida, y por eso las religiones basadas en la fe son una gran ayuda para quienes caen bajo su influencia, pues presumen de llenar los espacios en blanco de nuestros conocimientos sobre el más allá. Plantean una simple idea –no morirás– que, una vez asumida, determinan una respuesta a la vida que sería impensable de otro modo. 
Imagina cómo te sentirías si tu único hijo muriera de repente de neumonía. Tu reacción a esa tragedia estaría determinada por lo que crees que le sucede a los seres humanos al morir. No hay duda de que resulta consolidar creer en algo como: «Era un ángel de Dios y Dios se lo llevó tan pronto porque lo quería tener cerca de Jesús. Nos estará esperando cuando nosotros vayamos al Cielo». Si tu credo es el de la Ciencia Cristiana,  secta que rechaza toda intervención médica, puede que hasta hayas colaborado con Dios negándote a que administren antibióticos a tu hijo. 
O piensa cómo te sentirías al saber que se ha desatado una guerra nuclear entre Israel y sus vecinos por la posesión del Monte del Templo. Si fueras un cristiano milenarista, no hay duda de que lo considerarías la señal de la inminente llegada de Cristo a la Tierra. Por tanto, eso sería una buena noticia, fuera cual fuera el número de muertes. No se puede negar que la concepción que se tiene de la vida más allá de la muerte tiene consecuencias directas en la forma de ver el mundo. 
Sí, la moderación religiosa consiste en no estar demasiado seguro de lo que sucede al morir. Es una actitud razonable, dada la escasez de evidencias al respecto. Pero la moderación religiosa sigue fracasando a la hora de criticar la certeza irracional (y peligrosa) de los demás. Por culpa de nuestro silencio a la hora de tratar el tema, Estados Unidos [y muchos países del mundo] es un país donde una persona no puede acceder a la presidencia si duda abiertamente de la existencia del cielo y el infierno. Es algo en verdad notable, puesto que es la única clase de «conocimiento» que exigimos a nuestros líderes políticos. Hasta un peluquero debe aprobar un examen si quiere ejercer su oficio en los Estados Unidos, pero a los que se les concede poder para declarar guerras y dirigir la política nacional, cuyas decisiones afectarán a la vida humana durante generaciones, no se les exige nada especial antes de ponerse a trabajar. No tiene que ser genios políticos, o económicos, ni abogados; no necesitan haber estudiado relaciones internacionales, historia militar, recursos humanos, ingeniería civil o cualquier otro campo del conocimiento humano que pudiera necesitarse en el gobierno de una superpotencia moderna; sólo necesitan ser expertos recaudadores de fondos, saber comportarse en la televisión, y ser indulgentes con ciertos mitos. Con certeza absoluta, cualquier actor que lea la Biblia derrotaría en las próximas elecciones a un ingeniero aeronáutico que no la lea. ¿Puede haber un indicio más evidente de que estamos permitiendo que lo irracional y la fe en la existencia de otro mundo gobierno nuestros asuntos? 
La influencia de la religión basada en la fe sería impensable sin la muerte. Es evidente que la idea de la muerte nos resulta intolerable y la fe no es sino la sombra de nuestra esperanza en una vida mejor más allá de la tumba.
(Sam Harris, El fin de la fe)

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