sábado, 4 de agosto de 2012

La muerte, fuente de ilusiones (I)

Vivimos en un mundo donde todas las cosas, buenas o malas, acaban destruidas por el cambio. Es como si el mundo nos sustentara para luego poder devorarnos a su antojo. Padres que pierden a sus hijos, hijos a sus padres. Marido y esposas que se ven separados en un instante para no volverse a ver. Amigos que se separan apresuradamente sin saber que será por última vez. La vida, vista a grandes rasgos, parece poco más que un gran espectáculo de pérdidas.  
Pero eso parece tener cura. Si llevamos una vida recta –que no forzosamente ética, sino dentro del marco de unas determinadas creencias antiguas y unas conductas estereotipadas–, obtendremos todo lo que deseamos después de morir. Cuando finalmente nos falle el cuerpo, nos desharemos de nuestra envoltura carnal y ascenderemos a una tierra donde nos reuniremos con todos aquellos quienes quisimos en vida. Por supuesto, la gente abiertamente racional y demás chusma queda excluida de ese lugar feliz, pudiendo disfrutar de él por toda la eternidad sólo quienes hayan mantenido credulidad en vida. 
Vivimos en un mundo de inimaginables sorpresas –desde la energía de fusión que enciende el sol a las consecuencias genéticas y evolutivas que tiene el que esa luz ilumine la tierra desde hace eones–, pero el paraíso satisfará todas nuestras preocupaciones superficiales con la fidelidad de un crucero por el Caribe. Es algo que resulta maravillosamente extraño. De no estar mejor informado, uno diría que el hombre, en su miedo a perder todo lo que le es querido, creó el cielo a su imagen, incluido el Dios guardián de la puerta.
(Sam Harris, El Fin de la Fe)

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