La muerte, fuente de ilusiones (I)
Vivimos en
un mundo donde todas las cosas, buenas o malas, acaban destruidas por el
cambio. Es como si el mundo nos sustentara para luego poder devorarnos a su
antojo. Padres que pierden a sus hijos, hijos a sus padres. Marido y
esposas que se ven separados en un
instante para no volverse a ver. Amigos que se separan apresuradamente sin
saber que será por última vez. La vida, vista a grandes rasgos, parece poco más
que un gran espectáculo de pérdidas.
Pero eso
parece tener cura. Si llevamos una vida recta –que no forzosamente ética, sino
dentro del marco de unas determinadas creencias antiguas y unas conductas
estereotipadas–, obtendremos todo lo que deseamos después de morir. Cuando finalmente nos falle el cuerpo, nos desharemos
de nuestra envoltura carnal y ascenderemos a una tierra donde nos reuniremos
con todos aquellos quienes quisimos en vida. Por supuesto, la gente
abiertamente racional y demás chusma queda excluida de ese lugar feliz,
pudiendo disfrutar de él por toda la eternidad sólo quienes hayan mantenido
credulidad en vida.
Vivimos en
un mundo de inimaginables sorpresas –desde la energía de fusión que enciende el
sol a las consecuencias genéticas y evolutivas que tiene el que esa luz ilumine
la tierra desde hace eones–, pero el paraíso satisfará todas nuestras
preocupaciones superficiales con la fidelidad de un crucero por el Caribe. Es
algo que resulta maravillosamente extraño. De no estar mejor informado, uno
diría que el hombre, en su miedo a perder todo lo que le es querido, creó el
cielo a su imagen, incluido el Dios guardián de la puerta.
(Sam Harris, El Fin de la Fe)
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