Ocho nunca se ecuaciona junto con Diez. A veces parece que evitara hacerlo. Solo ella sabe realmente por qué. Aquella vez lo intentó evitar.
Ocho, Diez y Once fueron al centro algebráico. La sección matricial, a la que se dirigían, tenía dos puestos en cada ecuación y el lugar de cada uno se determinaba de forma casi aleatoria. Casi por casualidad asignaron a Ocho y Diez en la misma ecuación. Nada parecía alterar la normalidad; risas en la fila de redondeo y las posiciones de siempre: ella en primer lugar por ser un número menor. Después del proceso de redondeo, Diez no pensaba en su lugar en la ecuación, pero en el momento clave, encontró que Ocho había redondeado sus dos últimas cifras decimales, de 8.15 a 8.2, lo que los hacía incompatibles a los dos en la ecuación, según decía el teorema de máxima verosimilitud. Ecuacionarse no era nada comprometedor, era solo pasar un momentito juntos en el espacio-tiempo. Diez no supo cómo interpretarlo. ¿Lo hizo ella sin pensar, de forma aleatoria? ¿Debería evitar ecuasionarse junto a ella? No supo cómo interpretarlo y tampoco tenía tiempo, así que redondeo sus cifras decimales para que fueran compatibles y así poder estar en la ecuación junto a ella. Ella y Once se quedaron en silencio; con inquietud. Diez solo dijo: «Da igual el lugar que le toque a uno en la matriz. Aquí o allá, acá o allí...». Once intentó amenizar la atmósfera: «Está bien. Déjenme solo», dijo con tono irónico, pues al quedar Ocho y Diez en la misma ecuación de la matriz, Once quedaba sin compañía. Todos ríeron. Pero Diez no podía dejar de pensar en ése incidente tan fácilmente. No podía porque siempre quería ecuacionarse a su lado.
Ocho, Diez y Once fueron al centro algebráico. La sección matricial, a la que se dirigían, tenía dos puestos en cada ecuación y el lugar de cada uno se determinaba de forma casi aleatoria. Casi por casualidad asignaron a Ocho y Diez en la misma ecuación. Nada parecía alterar la normalidad; risas en la fila de redondeo y las posiciones de siempre: ella en primer lugar por ser un número menor. Después del proceso de redondeo, Diez no pensaba en su lugar en la ecuación, pero en el momento clave, encontró que Ocho había redondeado sus dos últimas cifras decimales, de 8.15 a 8.2, lo que los hacía incompatibles a los dos en la ecuación, según decía el teorema de máxima verosimilitud. Ecuacionarse no era nada comprometedor, era solo pasar un momentito juntos en el espacio-tiempo. Diez no supo cómo interpretarlo. ¿Lo hizo ella sin pensar, de forma aleatoria? ¿Debería evitar ecuasionarse junto a ella? No supo cómo interpretarlo y tampoco tenía tiempo, así que redondeo sus cifras decimales para que fueran compatibles y así poder estar en la ecuación junto a ella. Ella y Once se quedaron en silencio; con inquietud. Diez solo dijo: «Da igual el lugar que le toque a uno en la matriz. Aquí o allá, acá o allí...». Once intentó amenizar la atmósfera: «Está bien. Déjenme solo», dijo con tono irónico, pues al quedar Ocho y Diez en la misma ecuación de la matriz, Once quedaba sin compañía. Todos ríeron. Pero Diez no podía dejar de pensar en ése incidente tan fácilmente. No podía porque siempre quería ecuacionarse a su lado.
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