jueves, 26 de septiembre de 2013

El amor corresponde al mismo esfuerzo de ausencia de duda que se nos exige en las religiones; creer y creer sin limitaciones. Y no se refleja solo en el amor de pareja; el amor de familia, de amistad y cualquier otro «necesita» de ella. Se nos exige, casi como requisito obligatorio, no dudar: «no dudes que te amo», «no dudes de mí»; todo con el fin de tranquilizarnos, de apaciguar nuestra inseguridad, nuestros miedos. Hasta ahí puede sonar bien, ¿no? Lamentablemente esa «ausencia de duda» nos lleva a confiar en promesas absurdas. Esas que tanto gustan a los enamorados y tanto daño causan en la boca de los irresponsables; irresponsables que gustan de prometer vidas eternas, cosas imposibles, y un millón de tonterías escondidas en bonitos juegos de palabras.
Prometer hechos que, por la propia naturaleza de la vida y del azar, son improbables, son mentiras, y aquellos que hacen uso de esas artimañas con el fin de hacer sentir bien a los demás, son tartufos.
Y lo que es peor, ¡aquellas mentiras se disfrutan! Nos encanta escuchar el dulce sonido de las falsas promesas.
En el instante en que se comienza a dudar, se duda de nuestro «compromiso», de nuestro «amor», y más ridículo aún, se nos trata de «falta de fe». ¿Desde cuándo la confianza se ha llevado a esos niveles tan insensatos?
Las relaciones y vínculos no deben ser fríos y carentes de compromiso o credibilidad, no, éstas, al tener en cuenta la naturaleza propia del azar de la vida y nuestra facultad de cambiar de opinión en un futuro, resultan así mucho menos dolorosas.

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