miércoles, 12 de diciembre de 2012

Nuestros logros se basan en los logros de 40.000 generaciones de predecesores humanos nuestros, de los cuales, excepto una diminuta fracción, ignoramos el nombre y los olvidamos. De vez en cuando damos por azar con una civilización importante, como la antigua cultura de Ebla, que floreció hace sólo unos miles de años y sobre la cual lo ignorábamos todo. ¡Qué ignorantes somos de nuestro pasado! Inscripciones, papiros, libros, enlazan a la especie humana a través del tiempo y nos permiten oír las voces disperas y los gritos lejanos de nuestros hermanos y hermanas, de nuestros antepasados. ¡Y qué placer reconocer que se parecen tanto a nosotros! 
(...) 
Hemos sostenido la idea peculiar de que una persona o una sociedad algo diferente de nosotros, seamos quienes seamos, es algo extraño o raro, de lo cual hay que desconfiar o que ha de repugnarnos. Pensemos en las connotaciones negativas de palabras como forastero o extranjero.
Y sin embargo los monumentos y culturas de cada una de nuestras civilizaciones representan simplemente maneras diferentes del ser humano. Un visitante extraterrestre que estudiara las diferencias entre los seres humanos y sus sociedades, encontraría estas diferencias triviales en  comparación con las semejanzas. Es posible que el Cosmos esté poblado por seres inteligentes. Pero la lección darviniana es clara: no habrá humanos en otros lugares. Solamente aquí. Sólo en este pequeño planeta. Somos no sólo una especie en peligro sino una especie rara. En la perspectiva cósmica cada uno de nosotros es precioso. Si alguien está en desacuerdo contigo, déjalo vivir. No encontrarás a nadie parecido en cien mil millones de galaxias.
Carl Sagan, Cosmos 

domingo, 2 de diciembre de 2012

No hay preguntas estúpidas (II)

Pero hay algo más: He visto que muchos adultos se enfadan cuando un niño les plantea muchas preguntas científicas. ¿Por qué la luna es redonda?, preguntan los niños. ¿Por qué la hierba es verde? ¿Qué es un sueño? ¿Hasta que profundidad se puede cavar un agujero? ¿Cuándo es el cumpleaños del mundo? ¿Por qué tenemos dedo en los pies? Demasiados padres y maestros contestan con irritación o ridiculización, o pasan rápidamente a otra cosa: "¿Cómo querías que fuera la luna, cuadrada?" Los niños reconocen en seguida que por alguna razón este tipo de preguntas enoja a los adultos. Unas cuantas experiencias más como éstas, y otro niño perdido para la ciencia. No entiendo porque los adultos intentan saberlo todo ante un niño de seis años. ¿Qué tiene de malo admitir que no sabemos algo? ¿Es tan frágil nuestro orgullo?
Lo que es más, muchas de estas preguntas afectan a aspectos profundos de la ciencia, algunos todavía no resueltos del todo. Por qué la luna es redonda tiene que ver con el hecho de que la gravedad es una fuerza que tira hacia el centro de cualquier mundo y con lo resistente que son las rocas. La hierba es verde a causa de el pigmento de la clorofila, desde luego —a todos nos han metido esto en la cabeza—, pero ¿por qué tienen clorofila las plantas? Parece una tontería, pues el sol produce una energía en la parte amarilla y verde del espectro. ¿Por qué las plantas de todo el mundo rechazan la luz del sol en sus longitudes de ondas más abundantes? Quizá sea la plasmación de un accidente de la antigua historia de la vida en la Tierra. Pero hay algo que todavía no entendemos sobre por qué la hierba es verde.
Hay mejores respuestas que decirle al niño que hacer preguntas profundas es una especie de pifia social. Si tenemos una idea de la respuesta, podemos intentar explicarla. Aunque el intento se incompleto sirve como reafirmación e infunde ánimo. Si no tenemos ni idea de la respuesta, podemos ir a la enciclopedia. Si no tenemos enciclopedia podemos llevar el niño a la biblioteca. O podríamos decir: "No se la respuesta. Quizá no la sepa nadie. A lo mejor, cuando seas mayor, lo descubrirás tu".
Hay preguntas ingenuas, preguntas tediosas, preguntas mal formuladas, preguntas planteadas con una inadecuada autocrítica. Pero toda pregunta es un clamor por entender el mundo. No hay preguntas estúpidas.
Los niños listos que tienen curiosidad son un recurso nacional y mundial. Se los debe cuidar, mimar y animar. Pero no basta con el mero ánimo. También se les deben dar las herramientas esenciales para pensar.
Carl Sagan, El mundo y sus demonios

No hay preguntas estúpidas (I)

Excepto para los niños (que no saben lo suficiente como para no dejar de hacer las preguntas importantes), pocos de nosotros dedicamos mucho tiempo a preguntarnos por qué la naturaleza es como es; de donde viene el cosmos, o si siempre ha estado allí, si un día el tiempo irá hacia atrás y los efectos precederán a las causas; o si hay límites definitivos a lo que deben saber los humanos. Incluso hay niños y he conocido a algunos, que quieren saber que es un agujero negro, cuál es el pedazo más pequeño de la materia, por qué recordamos el pasado y no el futuro, y por qué existe un universo.
De vez en cuando tengo la suerte de enseñar en una escuela infantil o elemental. Encuentro muchos niños que son científicos natos, aunque con el asombro muy acusado y el escepticismo muy suave. Son curiosos, tienen vigor intelectual. Se les ocurren preguntas provocadoras y perspicaces. Muestran un entusiasmo enorme. Me hacen preguntas sobre detalles. No han oído hablar nunca de la idea de una "pregunta estúpida". 
Pero cuando hablo con estudiantes de instituto encuentro algo diferente. Memorizan "hechos" pero en general, han perdido el placer del descubrimiento, de la vida que se oculta tras los hechos. Han perdido gran parte del asombro y adquirido muy poco escepticismo. Los preocupa hacer preguntas "estúpidas", están dispuestos a aceptar respuestas inadecuadas; no planean cuestiones de detalle; el aula se llena de miradas de reojo para valorar, segundo a segundo, la aprobación de sus compañeros.
Vienen a clase con las preguntas escritas en un trozo de papel, que examinan subrepticiamente en espera de su turno y sin tener en cuenta la discusión que puedan haber planteado sus compañeros en aquel momento.
Ha ocurrido algo entre el primer curso y los cursos anteriores y no es sólo la adolescencia. Yo diría que es la presión de los compañeros contra el que destaca (excepto en deportes); en parte que la sociedad predica la gratificación a corto plazo; en parte la impresión de que la ciencia o las matemáticas no le ayudan a uno a comprarse un coche deportivo; en parte de que se espera poco de los estudiantes, y en parte que hay pocas recompensas o modelos para una discusión inteligente sobre ciencia y tecnología...o incluso para aprender porque sí. Los pocos que todavía demuestran el interés reciben el insulto de "bichos raros", "repelentes" o "empollones".
Carl Sagan, El mundo y sus demonios. 

lunes, 26 de noviembre de 2012

The Misery of The Fallen Leaves


He looked hard at Miss Mellicent, under his shaggy old white eyebrows; and I heard him whisper to himself: "Ah, dear me! Another of the fallen leaves!" I knew what he meant. The people who have drawn blanks in the lottery of life -the people who have toiled hard after happiness, and have gathered nothing but disappointment and sorrow; the friendless and the lonely, the wounded and the lost- these are the people who our good Elder Brother calls the fallen leaves. I like the saying myself; it's a tender way of speaking of our poor fellows-creatures who are down in the world.
Wilkie Collins, The Fallen Leaves.

sábado, 24 de noviembre de 2012

De estereotipos y prejuicios

Abundan los estereotipos. Se hacen estereotipos de grupos étnicos, de ciudadanos de otras naciones y religiones, de géneros y preferencias sexuales, de personas nacidas en distintos momentos del año (la astrología de los signos del Sol) y de las profesiones. La interpretación más generosa lo achaca a una suerte de pereza intelectual: en lugar de juzgar a la gente por sus méritos y defectos individuales, nos concentramos en un par de detalles de información sobre ellos y a continuación los colocamos en una serie de casilla previamente establecidas.
Con eso nos ahorramos el esfuerzo de pensar, al precio en muchos cosas de cometer una profunda injusticia. También nos protege del contacto con la enorme variedad de personas, la multiplicidad de las maneras de ser humano. Aun en el caso de que el estereotipo fuera válido como promedio, está destinado a fracasar en muchos casos individuales. La diversidad humana se traduce en curvas en forma de campana. Hay un valor medio de cada cualidad y un pequeño número de personas se alejan de él por ambos extremos.
Carl Sagan, El mundo y sus demonios.

lunes, 19 de noviembre de 2012

Sobre la alteración de los recuerdos

Quizá lo que realmente recordamos es una serie de fragmentos de recuerdos cosidos a una tela de nuestra propia imaginación. Si cosemos con la suficiente inteligencia, conseguimos hacernos una historia memorable fácil de recordar. Los fragmentos por sí mismos, sin el vínculo de la asociación, son más difíciles de salvar. La situación es bastante parecida al método propio de la ciencia, con el que se puede recordar, resumir y explicar muchos datos en el marco de una teoría. Entonces recordamos mucho más fácilmente la teoría y no los datos.
En la ciencia siempre se están volviendo a valorar y confrontar las teorías con nuevos hechos; si la discordancia de los hechos es seria -más allá del margen de error-, quizá debería revisarse la teoría. Pero, en la vida cotidiana, es muy raro que nos enfrentemos a nuevos hechos sobre acontecimientos de hace tiempo. Nuestros recuerdos no se ven casi nunca desafiados. En cambio pueden quedar fijos, por muy defectuosos que sean, o convertirse en una obra en continua revisión artística.
Carl Sagan, El mundo y sus demonios.

lunes, 24 de septiembre de 2012

B-side


I'm breaking the wall inside my heart
I just wanna let my emotions get out
Nobody can stop
I'm running to freedom
No matter how you try to hold me in your world.
Like a doll carried by the flow of time
I sacrificed the present moment for the future
I was in chains of memory half-blinded
Losing my heart, walking in the sea of dreams.

Close my eyes
Rose breathes I can hear
All love and sadness melt in my heart
Dry my tears
Wipe my bloody face
I wanna feel me living my life
outside my mind.

Dreams can make me mad
I can't leave my dream
I can't stop myself
Don't know what I am
What lies are truth?
What truths are lies?

I believe in the madness called "Now"
Time goes flowing, breaking my heart
Wanna live
Can't let my heart kill myself
Still I haven't found what I'm looking for.

Art of life
I try to stop myself
But my heart goes to destroy the truth
Tell me why
I want the meaning of my life
Do I try to live? Do I try to love?

Art of life
An eternal bleeding heart
You never wanna breathe your last
Wanna live
Can't let my heart kill myself
Still I'm feeling for
A Rose is breathing love... In my life.

A-side


[...]

The winds of time
You knock me to the ground
I'm dying of thirst
I wanna run away
I don't know how to set me free to live
My mind cries out feeling pain

I've been roaming to find myself
How long have I been feeling endless hurt
Falling down, rain flows into my heart
In the pain I'm waiting for you
Can't go back
No place to go back to
Life is lost, Flowers fall
If it's all dreams
Now wake me up
If it's all real
Just kill me.

I'm making the wall inside my heart
I don't wanna let my emotions get out
It scares me to look at the world
Don't want to find myself lost in your eyes.
I tried to drown my past in grey
I never wanna feel more pain
Ran away from you without saying any words
What I don't wanna lose is love.

Through my eyes
Time goes by like tears
My emotion's losing the color of life
Kill my heart
Release all my pain
I'm shouting out louder
Insanity takes hold over me.

Turning away from the wall
Nothing I can see
The scream deep inside
reflecting another person in my heart;
He calls me from within:
"All existence you see before you
must be wiped out:
Dream, Reality, Memories,
and Yourself".

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Ayer, al retirarme, me alargó la mano y me dijo: "Adiós, querido Werther". ¡Querido Werther! ésta era la primera vez que ella me ha dado ese nombre de querido, que me penetró hasta la médula de los huesos. Cien veces me lo he repetido, y ayer noche al acostarme, en medio de la charla tumultosa que tengo conmigo mismo, me dije de repente: "Buenas noches, querido Werther". Y en seguida me eché a reír de mí mismo.
Goethe, Werther 

martes, 4 de septiembre de 2012

Sobre los recuerdos y su brevedad

Sí, estoy persuadido, amigo mío, y siempre cada vez más, que es poca cosa, muy poca cosa, la existencia de una criatura. 
Una amiga de Carlota vino a verla; yo pasé a un cuarto inmediato para tomar un libro, pero me fue imposible leer. Había allí una pluma y traté de escribir. Las oía hablar despacio, se contaban cosas insignificantes, los rumores y noticias que corrían por la ciudad: "Fulana se casa, decía la amiga; Citana está enferma, muy enferma; tiene una tos seca y se le pueden contar los huesos, y además, a cada momento le dan vahídos: yo no daría dos cuartos por su vida". "M.N. está también muy enfermo", dijo Carlota. "Sí, está hinchado", respondió la amiga. Y mi rápida imaginación me transportó a la cabecera de estos desgraciados moribundos; observé con qué espanto veían acercarse el término fatal, y percíbí, amigo mío, la indiferencia con que las dos amigas hablaban de estos sucesos dolorosos, como si se tratara de la muerte de cualquier extraño. Y cuando yo hecho una mirada a mi alrededor, examino el cuarto y veo cerca de mí los vestidos de Carlota, los papeles de Alberto, todos estos muebles que se han hecho tan familiares para mí, este mismo tintero, me digo a mí mismo: "mira lo que tú eres en esta casa; ¡todo, todo! tus amigos te honran, tú les causas muchas veces alegría, y le parece a tu corazón que no podría latir sin ellos; y sin embargo, si tú te alejaras, si salieses de este círculo, ¿lo sentirían vació ellos? ¿Cuánto tiempo tardaría en llenarse el vacío originado por tu pérdida? ¿Cuánto tiempo?". 
¡Ah! el hombre es un ser tan frágil, tan pasajero, que allí mismo, en donde tiene verdaderamente el sentimiento de su existencia, y la convicción de ella; allí mismo en donde su presencia causa una impresión verdadera, esto es, en el alma y en el recuerdo de aquellos que le aman, allí mismo es en donde tiene también que borrarse ese recuerdo, que desvanecerse. ¡Y esto tan pronto!
 Goethe, Werther

Inconcluso


Oh!, I'm looking at you
Can't control myself
Nothing but my pain... for... me

Wipe your tears from your eyes
Just leave and forget me
No need to be hurt anymore

Go away from me now
I don't know what is love
No need to be hurt anymore

You said: "I miss you so much;
Every night thinking of you
And facing loneliness"

But when you feel sadness
Never can I stay with you!

I'm not the one you need
Close your eyes and forget me
There's nothing I can do anymore

I lost my way...

I've been walking in the night of tears
Then I found* someone was holding you
As the night was falling down
With my love also vanishing my vision of you

My heart is cold now...

Wipe your tears from your eyes
Just leave and forget me
No need to be hurt anymore

You said: "I need you always;
Everyday thinking of you
And living loneliness"

But when you feel sadness
Never can I stay with you!

Go away, from me now
I don't know what is love
No need to be hurt anymore

Can't find my way...

lunes, 27 de agosto de 2012

Mutabilidad

Ya lo decía César Isella: "Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida y entonces comprende cómo están de ausentes las cosas queridas". Siempre que no entiendo el sentido de las cosas, siempre que busco una explicación razonable a la azarosidad de la vida, no puedo dejar de pensar en este poema:
Somos como las nubes que enmascaran la luna,
que huyen sin descanso, relampaguean, tiemblan,
rasgando con destellos lo oscuro, mas, de pronto,
la noche las rodea y se pierden para siempre;
o arrinconadas liras de cuerdas disonantes
que a cada son diverso responden diferente,
y en cuya hechura frágil ninguna melodía
resuena semejante al volver a tocarla.
Dormidos, pesadillas turban nuestro reposo;
despiertos, vagos sueños contaminan el día;
ya con risa o con llanto, fantasía o razón,
ya abracemos las penas o ya las desechemos
¡da lo mismo! Pues, sea alegre o sea triste,
la senda de su marcha final está ya abierta:
tal vez no sea el pasado del hombre su mañana;
tal vez sólo perdure la Mutabilidad.
Percy Shelley,  Mutabilidad

domingo, 19 de agosto de 2012

La muerte, fuente de ilusiones (y III)

Lo que creemos que sucederá después de la muerte dicta gran parte de lo que creemos de la vida, y por eso las religiones basadas en la fe son una gran ayuda para quienes caen bajo su influencia, pues presumen de llenar los espacios en blanco de nuestros conocimientos sobre el más allá. Plantean una simple idea –no morirás– que, una vez asumida, determinan una respuesta a la vida que sería impensable de otro modo. 
Imagina cómo te sentirías si tu único hijo muriera de repente de neumonía. Tu reacción a esa tragedia estaría determinada por lo que crees que le sucede a los seres humanos al morir. No hay duda de que resulta consolidar creer en algo como: «Era un ángel de Dios y Dios se lo llevó tan pronto porque lo quería tener cerca de Jesús. Nos estará esperando cuando nosotros vayamos al Cielo». Si tu credo es el de la Ciencia Cristiana,  secta que rechaza toda intervención médica, puede que hasta hayas colaborado con Dios negándote a que administren antibióticos a tu hijo. 
O piensa cómo te sentirías al saber que se ha desatado una guerra nuclear entre Israel y sus vecinos por la posesión del Monte del Templo. Si fueras un cristiano milenarista, no hay duda de que lo considerarías la señal de la inminente llegada de Cristo a la Tierra. Por tanto, eso sería una buena noticia, fuera cual fuera el número de muertes. No se puede negar que la concepción que se tiene de la vida más allá de la muerte tiene consecuencias directas en la forma de ver el mundo. 
Sí, la moderación religiosa consiste en no estar demasiado seguro de lo que sucede al morir. Es una actitud razonable, dada la escasez de evidencias al respecto. Pero la moderación religiosa sigue fracasando a la hora de criticar la certeza irracional (y peligrosa) de los demás. Por culpa de nuestro silencio a la hora de tratar el tema, Estados Unidos [y muchos países del mundo] es un país donde una persona no puede acceder a la presidencia si duda abiertamente de la existencia del cielo y el infierno. Es algo en verdad notable, puesto que es la única clase de «conocimiento» que exigimos a nuestros líderes políticos. Hasta un peluquero debe aprobar un examen si quiere ejercer su oficio en los Estados Unidos, pero a los que se les concede poder para declarar guerras y dirigir la política nacional, cuyas decisiones afectarán a la vida humana durante generaciones, no se les exige nada especial antes de ponerse a trabajar. No tiene que ser genios políticos, o económicos, ni abogados; no necesitan haber estudiado relaciones internacionales, historia militar, recursos humanos, ingeniería civil o cualquier otro campo del conocimiento humano que pudiera necesitarse en el gobierno de una superpotencia moderna; sólo necesitan ser expertos recaudadores de fondos, saber comportarse en la televisión, y ser indulgentes con ciertos mitos. Con certeza absoluta, cualquier actor que lea la Biblia derrotaría en las próximas elecciones a un ingeniero aeronáutico que no la lea. ¿Puede haber un indicio más evidente de que estamos permitiendo que lo irracional y la fe en la existencia de otro mundo gobierno nuestros asuntos? 
La influencia de la religión basada en la fe sería impensable sin la muerte. Es evidente que la idea de la muerte nos resulta intolerable y la fe no es sino la sombra de nuestra esperanza en una vida mejor más allá de la tumba.
(Sam Harris, El fin de la fe)

sábado, 11 de agosto de 2012

La muerte, fuente de ilusiones (II)

Imaginemos una visita al médico para un chequeo rutinario, y que él nos da una noticia terrible: has contraído un virus que mata al cien por cien de los afectados. Un virus que muta tan a menudo que resulta completamente impredecible, que puede permanecer latente durante años, incluso décadas, o matarte en una hora. Es un virus que puede provocar un infarto, mil formas de cáncer, demencia, e incluso el suicidio; de hecho, su estadio terminal parece carente de limitaciones. Y no hay estrategia preventiva que te salve de él; ni dietas, ni regímenes varios, ni guardar cama. Ni siquiera dedicando la vida a mantener en jaque el progreso de ese virus se evita la muerte, porque no hay cura conocida, y tu cuerpo ya ha empezado a degradarse. 
Seguramente, la mayoría de la gente la consideraría una noticia terrible, pero ¿de verdad es una noticia? ¿Acaso no encaja en esa prognosis la inevitabilidad de la muerte? ¿Acaso no tiene la vida todas las características de ese hipotético virus? 
Uno puede morirse en cualquier momento. Quizá ni vivamos para leer el final de este párrafo. Y no hay duda de que moriremos en algún momento del futuro. Si lo de prepararse para morir implica el saber cuándo y dónde tendrá lugar tu muerte, todo indica que uno nunca estará preparado para morir. No sólo se está destinado a morir y dejar este mundo sino que se está abocado a abandonarlo de forma tan precipitada que todo tu presente –relaciones, tus planes del futuro, tus aficiones, tus posesiones– acabarán revelándose ilusorios. Si bien todas esas cosas proyectadas a lo largo de un futuro indefinido parecen adquisiciones importantes, la muerte prueba que no lo son. Cuando una mano invisible te corte la vida, al final te quedarás sin posesiones. 
Y por si no bastara con esto, la mayoría sufrimos la silenciosa incomodidad cuando no franca infelicidad, de nuestras neurosis. Queremos a nuestra familia y amigos, nos aterra perderlos, y aún así no somos libres ni para limitarnos a quererlos mientras coincidan nuestras  breves vidas. Después de todo, ya tenemos bastante con preocuparnos de nosotros mismos. Como no se han cansado de decir Freud y sus descendientes, nos vemos lastrados y castigados por necesidades contrapuestas: la de fusionarnos con el mundo y la de desaparecer, o retirarnos a la ciudadela de nuestro aparente aislamiento. Cualquiera de esos dos impulsos llevados al extremo nos condenaría a la infelicidad. Nos aterra nuestra insignificancia y gran parte de los que hacemos con nuestra vida es un intento evidente de mantener a raya ese miedo. Aunque intentamos no pensar en ello, casi lo único de lo que se está seguro en la vida es de que moriremos algún día, y dejaremos atrás todo lo que queremos, pero, paradójicamente, nos resulta casi imposible pensar que acabará pasando. Nuestra percepción de la realidad no parece incluir a nuestra muerte. Dudamos de lo único no sujeto a la duda.
(Sam Harris, El fin de la fe) 

miércoles, 8 de agosto de 2012

Sócrates sobre la muerte

Una de dos; o la muerte es la extinción absoluta del ser..., de la sensación, o, como dicen, es una mudanza y un tránsito de aquí a otro mundo. De ser una extinción y de asemejarse a un sueño sin ensueños, entonces la muerte es para nosotros una gran ventaja. Porque a la verdad, si alguien eligiese una noche en la que haya dormido de tal modo que no haya tenido ni un ensueño y después de haber comparado todos los demás días y noches de su vida con esa noche, hubiese de decir, bien meditado todo y en conciencia, cuántos días y noches los pasé mejor y más agradablemente que aquella noche, estoy seguro de que, no ya un hombre de pueblo, pero ni el mismo Gran Rey, hallarían sino muy contados. Luego si la muerte es algo así, digo que salimos ganando, porque de ese modo toda la eternidad no es más que una sola noche. Pero si la muerte es un tránsito a otro mundo y es verdad lo que se dice de que en ese mundo están todos los que murieron ¿qué otro bien mayor cabe imaginar? Porque si al llegar al infierno, libre uno ya para siempre de estos que se llaman jueces, se encuentra en la nueva mansión con los jueces verdaderos que, según se dice, juzgan allí a las almas: Minos, Radamanto, Eaco, Triptolemo y todos esos otros semidioses que en vida fueron justos, decidme: ¿será de desdeñar el viaje? ¿Cuánto no se daría por platicar con Orfeo, Museo, Hesiodo y Homero? Ah, yo quiero morir mil veces si eso es verdad. ¡Qué placer más intenso para mí encontrarme con Palamedes, con Ayax el de Telamón, y con todos aquellos que en tiempos pasados murieron víctimas de injustas sentencias! No sería poco grato para mí, de fijo, comparar mis aventuras con las suyas.
(Platón, Apología de Sócrates)

sábado, 4 de agosto de 2012

La muerte, fuente de ilusiones (I)

Vivimos en un mundo donde todas las cosas, buenas o malas, acaban destruidas por el cambio. Es como si el mundo nos sustentara para luego poder devorarnos a su antojo. Padres que pierden a sus hijos, hijos a sus padres. Marido y esposas que se ven separados en un instante para no volverse a ver. Amigos que se separan apresuradamente sin saber que será por última vez. La vida, vista a grandes rasgos, parece poco más que un gran espectáculo de pérdidas.  
Pero eso parece tener cura. Si llevamos una vida recta –que no forzosamente ética, sino dentro del marco de unas determinadas creencias antiguas y unas conductas estereotipadas–, obtendremos todo lo que deseamos después de morir. Cuando finalmente nos falle el cuerpo, nos desharemos de nuestra envoltura carnal y ascenderemos a una tierra donde nos reuniremos con todos aquellos quienes quisimos en vida. Por supuesto, la gente abiertamente racional y demás chusma queda excluida de ese lugar feliz, pudiendo disfrutar de él por toda la eternidad sólo quienes hayan mantenido credulidad en vida. 
Vivimos en un mundo de inimaginables sorpresas –desde la energía de fusión que enciende el sol a las consecuencias genéticas y evolutivas que tiene el que esa luz ilumine la tierra desde hace eones–, pero el paraíso satisfará todas nuestras preocupaciones superficiales con la fidelidad de un crucero por el Caribe. Es algo que resulta maravillosamente extraño. De no estar mejor informado, uno diría que el hombre, en su miedo a perder todo lo que le es querido, creó el cielo a su imagen, incluido el Dios guardián de la puerta.
(Sam Harris, El Fin de la Fe)

domingo, 20 de mayo de 2012

Recuerdos inesperados y sueños ficticios

Algunas veces, en las actividades cotidianas, en un instante impreciso, en un momento cualquiera; una imagen, un olor, un sabor o un sonido te empujan hacia un punto específico y concreto del pasado. Te jala de una manera tan imprevista; no hay tiempo de reaccionar. Después, no puedes dejar de pensar en ello, no puedes dejar de sentirte como en aquel instante del pasado;tienes que reconstruirlo.

Yo comienzo recordando el lugar: su iluminación, su espacio; si estaba despejado, si había muchos árboles. En mi caso siempre los hay, algunos boscosos y longevos, otros desnudos e impúberes. También recuerdo si estaban solitarios o tenían otros árboles a su alrededor, o si estaban en un parque o en medio del concreto. En medio de una avenida con muchos autos a su alrededor también recuerdo varios.

Los sueños son de gran ayuda para recordarlo todo. Me gusta soñar con M, por ejemplo. Siento que nunca tuve el suficiente tiempo con ella, así que los sueños me ofrecen nuevos momentos para recordarla, no importa que no sean reales; no importa porque son solo para mí. Además, creo que tienen el mismo valor que los sueños auténticos, -es decir. los reales-, porque incluso éstos los confundo; es que eran tan maravillosos. Lo mismo me pasa con los recuerdos muy lejanos, no sé si eran sueños ficticios o atestiguados sucesos. Tal vez son las dos cosas a la vez. Quizá sea mejor que no piense mucho en ello ¡Pero es que es tan inevitable! a A, por ejemplo, nunca le dije todo lo que le quería decir. Y es inevitable pensar en ello porque creo que tenía el momento perfecto.         
     
Sí, recuerdo el bombillo amarillo de 60 vatios de su cocina, lo tuvo que encender porque ya era de noche, el cielo azul claro de la tarde había pasado rápido ese día. Quizás así lo sentí porque nos la pasamos haciendo los trabajos de final de período -especialmente el de matemáticas- hablando de S, de R, y de otras cosas más que ya no recuerdo. 
Después de terminar la tarea fuimos a comprar hojas y a casa de L. En ese momento ya había caído la noche, y ahora que recuerdo también el agua del cielo. Nos cogimos de la mano y de eso ya no sé el cómo ni el por qué. Era incómodo, pero no quería soltar su mano por nada del mundo. Creo que fue la única vez que le cogí su mano por tanto tiempo. Creí por un momento que eso de juntar las manos la una con la otra tenía algún significado. En realidad fue tan significativo para mí que no me acuerdo cuándo se la solté, ¿fue al llegar a su casa o antes? ¿Le agarré su mano muy fuerte o suave? ¿Sentía mi mano seca o muy húmeda?
La cocina tenía varios conjuntos de cajones color crema con vidrio cada uno. Abajo de ellos estaba el lavaplatos sostenido sobre un mesón en forma de ele. Yo estaba sentado sobre el, era una posición incómoda para la espalda pero no quería estar de pie. Quizá era miedo, al día de hoy no sé. Ella estaba friendo comida rápida mientras yo observaba. Seguramente estábamos hablando para evitar el silencio, o por lo menos eso yo intentaba. Era como si estuviéramos los dos solos, aunque en realidad no era así. A pesar de eso, nada podía incomodarnos a excepción de nosotros mismos. Todo surgía tan natural, era como si no hubiera oportunidad alguna de que se volviera a repetir, al menos durante un tiempo. De hecho, nunca se repitió.

El domingo al otro día -y digo esto desde la más pura especulación- se encontró con R. Ella estaba decidida a olvidar de una vez por todas a S, pero, que yo recuerde, nunca habló de manera especial de R, por lo que el lunes fue bastante sorpresivo para mí. Todo lo que quería decirle y no le dije, al parecer, lo hizo él el domingo.

Todavía no entiendo porque no fui capaz, ¿cobardía acaso? Lo dudo, cosas así ya había hecho antes, ¿quizá la importancia que le tenía era superior a mis deseos? Tal vez. De todas maneras, no obtuve lo que esperaba, y si hubiera sido de otro forma probablemente tampoco lo hubiera tenido.

El lunes, a mediados de las 12:30pm, el número desconcertó a más de uno, no sé si por la propia manera desvergonzada y repulsiva -soy un conservador- en que sucedieron los hechos, o porque nadie imaginaba semejante teatro. Algunos, supongo, habrán sentido las dos cosas, como yo. Pero eso no significaba dolor alguno para mí, la perplejidad era mucho mayor al miedo. Me impresionó, y todavía continúo divagando sobre eso, el hecho de que apenas el sábado no me imaginaba de ninguna manera ése escenario, el hecho de que si no hubiese sido por  mi cobardía, es posible que nada de eso hubiera sucedido.

Dedico tiempo a pensar qué habría pasado si me hubiese atrevido a hacer algo ese sábado. Es difícil no hacerlo, cosas así se repiten en espiral. Y se supone que algo debo aprender, se supone que algo hice mal. Aunque quizás, solo quizás, esta vez hice lo correcto, tal vez las cosas hubieran salido peor.

Por fortuna todavía me quedan los sueños. Y de pronto, en el futuro, cuando todos estos recuerdos se vean lejanos y cuando sueñe fantasías irrealizables, no pueda diferenciar entre el hecho y el sueño. Tal vez sean las dos cosas a la vez.

sábado, 25 de febrero de 2012

La tragedia de ser padre

Digo, pues, que los mortales ignorantes de las dulces emociones paternales son dichosos más que aquellos que engendraron descendencia. Los que nunca hijos tuvieron, la experiencia no les dice si a los hombres dieron gozo o dieron pena, o sin ellos se libraron de muchísimos cuidados.
Los que tienen en sus casas dulce prole véolos siempre consumidos en afanes: ya el cuidado de educarlos con esmero, ya el afán de crearles medios de vivir cómodamente. Fuera de ello no están ciertos si trabajan para seres que han de ser buenos o malos.
Y, postrero de todos los males que agobian al hombre, menciono el siguiente: si acaso abundantes recursos de vida hubiese obtenido, si acaso, hombres buenos, la edad juvenil alcanzaron, si un dios le dispone la muerte hacia Hades se lleva a los hijos. ¿Por qué, pues, aparte de tantos afanes imponen al hombre los dioses éste, el más tremando, por causa de un hijo?
(Eurípides, Medea).

sábado, 14 de enero de 2012

La Conciencia

 -No, te lo ruego, quédate un poco; espero que se me pase este ataque de piedad: no suele retenerme más que hasta contar hasta veinte.
-¿Cómo te sientes ahora?
-Todavía me quedan algunos restos de conciencia.
-Recuerda nuestra recompensa cuando la cosa esté hecha.
-¡Por todos los demonios, que muera! Había olvidado la recompensa.
-¿Dónde está tu conciencia ahora?
-Oh, en la bolsa del duque de Gloucester.
-Cuando abra su bolsa para darnos nuestra recompensa, tu conciencia habrá volado.
-No importa; que se vaya: hay pocos o ninguno que se interesen en ella.
-¿Y qué si te vuelve?
-No trataré con ella, es una cosa peligrosa; hace a un hombre cobarde: un hombre no puede robar, que ella lo acusa; no puede blasfemar, que ella lo detiene; no puede yacer con la mujer del vecino, que ella lo delata. Es una espíritu ruborizado de vergüenza que se subleva en el pecho de un hombre: llena su vida de obstáculos. Una vez me hizo reintegrar una bolsa de oro que encontré por azar: reduce a la pobreza a cualquiera que la conserve; ha sido desterrada de pueblos y ciudades como una cosa peligrosa; y todo hombre que se proponga vivir bien se esmera en confiar en sí mismo y en vivir sin ella.
-Cielos, está ahora mismo tocándome el codo, tratando de persuadirme de que no mate al duque.
-Sujeta a esa criatura del demonio en tu mente, y no le creas; o te hablará hasta hacerte llorar.
-Soy fuerte, no puede vencerme.
-Ahora has hablado como un hombre erguido, que respeta su propia reputación. Vamos, ¿manos a la obra?
(William Shakespeare, Ricardo III).