Algunas veces, en las actividades cotidianas,
en un instante impreciso, en un momento cualquiera; una imagen, un olor, un
sabor o un sonido te empujan hacia un punto específico y concreto del pasado. Te
jala de una manera tan imprevista; no hay tiempo de reaccionar. Después, no
puedes dejar de pensar en ello, no puedes dejar de sentirte como en aquel
instante del pasado;tienes que reconstruirlo.
Yo comienzo recordando el lugar: su
iluminación, su espacio; si estaba despejado, si había muchos árboles. En mi
caso siempre los hay, algunos boscosos y longevos, otros desnudos e impúberes.
También recuerdo si estaban solitarios o tenían otros árboles a su alrededor, o
si estaban en un parque o en medio del concreto. En medio de una avenida con
muchos autos a su alrededor también recuerdo varios.
Los sueños son de gran ayuda para recordarlo todo.
Me gusta soñar con M, por ejemplo. Siento que nunca tuve el suficiente tiempo
con ella, así que los sueños me ofrecen nuevos momentos para recordarla, no
importa que no sean reales; no importa porque son solo para mí. Además, creo
que tienen el mismo valor que los sueños auténticos, -es decir. los reales-, porque
incluso éstos los confundo; es que eran tan maravillosos. Lo mismo me pasa con
los recuerdos muy lejanos, no sé si eran sueños ficticios o atestiguados sucesos.
Tal vez son las dos cosas a la vez. Quizá sea mejor que no piense mucho en ello
¡Pero es que es tan inevitable! a A, por ejemplo, nunca le dije todo lo
que le quería decir. Y es inevitable pensar en ello porque creo que tenía el
momento perfecto.
Sí, recuerdo el bombillo amarillo de 60 vatios
de su cocina, lo tuvo que encender porque ya era de noche, el cielo azul claro de
la tarde había pasado rápido ese día. Quizás así lo sentí porque nos la pasamos
haciendo los trabajos de final de período -especialmente el de matemáticas- hablando de S, de R, y de otras cosas más que ya no recuerdo.
Después de terminar la tarea fuimos a comprar
hojas y a casa de L. En ese momento ya había caído la noche, y ahora que
recuerdo también el agua del cielo. Nos cogimos de la mano y de eso ya no sé el
cómo ni el por qué. Era incómodo, pero no quería soltar su mano por nada del
mundo. Creo que fue la única vez que le cogí su mano por tanto tiempo. Creí por
un momento que eso de juntar las manos la una con la otra tenía algún
significado. En realidad fue tan significativo para mí que no me acuerdo cuándo
se la solté, ¿fue al llegar a su casa o antes? ¿Le agarré su mano muy fuerte o
suave? ¿Sentía mi mano seca o muy húmeda?
La cocina tenía varios conjuntos de cajones
color crema con vidrio cada uno. Abajo de ellos estaba el lavaplatos sostenido
sobre un mesón en forma de ele. Yo estaba sentado sobre el, era una posición
incómoda para la espalda pero no quería estar de pie. Quizá era miedo, al día
de hoy no sé. Ella estaba friendo comida rápida mientras yo observaba. Seguramente estábamos hablando para evitar el silencio, o por lo menos eso yo
intentaba. Era como si estuviéramos los dos solos, aunque en realidad no era
así. A pesar de eso, nada podía incomodarnos a excepción de nosotros mismos.
Todo surgía tan natural, era como si no hubiera oportunidad alguna de que se
volviera a repetir, al menos durante un tiempo. De hecho, nunca se repitió.
El domingo al otro día -y digo esto desde la
más pura especulación- se encontró con R. Ella estaba decidida a olvidar
de una vez por todas a S, pero, que yo recuerde, nunca habló de manera
especial de R, por lo que el lunes fue bastante sorpresivo para mí. Todo lo
que quería decirle y no le dije, al parecer, lo hizo él el domingo.
Todavía no entiendo porque no fui capaz, ¿cobardía
acaso? Lo dudo, cosas así ya había hecho antes, ¿quizá la importancia que le
tenía era superior a mis deseos? Tal vez. De todas maneras, no obtuve lo que
esperaba, y si hubiera sido de otro forma probablemente tampoco lo hubiera
tenido.
El lunes, a mediados de las 12:30pm, el número
desconcertó a más de uno, no sé si por la propia manera desvergonzada y
repulsiva -soy un conservador- en que sucedieron los hechos, o porque nadie
imaginaba semejante teatro. Algunos, supongo, habrán sentido las dos cosas,
como yo. Pero eso no significaba dolor alguno para mí, la perplejidad era mucho
mayor al miedo. Me impresionó, y todavía continúo divagando sobre eso, el hecho
de que apenas el sábado no me imaginaba de ninguna manera ése escenario, el hecho
de que si no hubiese sido por mi
cobardía, es posible que nada de eso hubiera sucedido.
Dedico tiempo a pensar qué habría pasado si me
hubiese atrevido a hacer algo ese sábado. Es difícil no hacerlo, cosas así se
repiten en espiral. Y se supone que algo debo aprender, se supone que algo hice
mal. Aunque quizás, solo quizás, esta vez hice lo correcto, tal vez las cosas
hubieran salido peor.
Por fortuna todavía me quedan los sueños. Y de
pronto, en el futuro, cuando todos estos recuerdos se vean lejanos y cuando
sueñe fantasías irrealizables, no pueda diferenciar entre el hecho y el sueño. Tal
vez sean las dos cosas a la vez.